Durante años, muchos autores han considerado la adaptación como una forma de validación.
Una señal de éxito.
Un paso natural.
Desde una perspectiva patrimonial, esa lectura es ingenua.
Una obra literaria no es solo un texto.
Es un activo cultural con valor acumulativo: prestigio, proyección, recorrido futuro.
El riesgo real no es que ese activo permanezca inactivo.
El riesgo es que se exponga mal.
Una mala adaptación no falla únicamente en términos artísticos.
Falla en términos estructurales:
– redefine la percepción pública de la obra
– introduce ruido en su lectura
– reduce la confianza de futuros intermediarios
A partir de ese momento, la obra deja de ser evaluada por lo que es.
Empieza a ser evaluada por lo que parece haber sido.
En economía, esto tiene un nombre claro: destrucción de valor.
Desde esta lógica, no adaptarse es una decisión conservadora.
Adaptarse mal es una decisión irreversible.