Muchos autores temen no ser adaptados.

Es un miedo comprensible, pero mal enfocado.

No ser adaptado mantiene intacto el valor de una obra.

Una mala adaptación lo altera de forma permanente.

El problema no es la infidelidad artística.

Eso es secundario.

El problema es que una adaptación deficiente actúa como versión oficial para el mercado.

A partir de ese momento, el texto original deja de evaluarse por sí mismo.

Se evalúa por su derivado.

En términos narrativos, una mala adaptación no es un error.

Es una reescritura involuntaria del significado de la obra.

Y una vez reescrito, recuperar el control es extraordinariamente difícil.

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