La mayoría de los autores cree que el peor escenario es que su obra nunca llegue a la pantalla.

No lo es.

El verdadero riesgo es que llegue demasiado pronto
y de la forma incorrecta.

Una mala adaptación no solo decepciona.
Reconfigura cómo el mercado ve tu IP:

– “No funciona”
– “No conecta”
– “Ya se intentó”

Y esas etiquetas son difíciles de revertir.

Por eso insisto en algo que incomoda:
no toda obra debe adaptarse aún.

Antes de exponer una IP al mercado audiovisual, hay que responder preguntas incómodas:

– ¿Qué valor industrial tiene realmente?
– ¿Qué riesgos narrativos arrastra?
– ¿Qué versión de esta historia debería ser la primera?

El silencio estratégico, a veces, protege más que el movimiento.

Porque una mala adaptación no es una frustración creativa.
Es una decisión patrimonial costosa.